Ayer me quedé trabajando hasta la madrugada. En un momento de descanso tuve una especie de monólogo mental de cómo los progres se han adueñado de casi todos los terrenos políticos y sociales de nuestro país; el cine, la música, la literatura, y cómo cualquier persona que no se rija por su pensamiento único, no tiene posibilidades de triunfar, salvo honrosas excepciones.
Pues esta reflexión me llevó a pensar qué pasaría si los progresdominaran el mundo de los videojuegos, o mejor dicho, si los videojuegos reflejaran su realidad social.

Lo primero que se me vino a la cabeza eran todos los magníficos juegos de coches, en los que como no puede existir la competitividad, todos llegaban a la vez a la meta y el podio sólo tenía un escalón donde estaban todos los pilotos y pilotas de cuota.
Mi pensamiento fue degenerando cuando a la mente me vino una versión de una especie de Sim City, un simulador de ciudades, donde sólo había tres clases de edificios, “mini-pisos” de 30 metros cuadrados para todos los ciudadanos y ciudadanas, despachos de 77 metros cuadrados para las ministras y chalets para los ministros.
Por supuesto las ciudades que edifiquemos no tendrían suministro de agua, a no ser que las edifiquemos al lado del mar, pues el juego sólo nos dará la opción de instalar desaladoras porque tras la última actualización del sistema, los trasvases han quedado bloqueados, no hay forma de desinstalar el Plug-in Sequía 2.0 y en las funciones administrativas sólo se pueden subir los impuestos, pues hay un error en el programa y cada vez que pulsas el botón de bajar impuestos, el juego se bloquea.

Como me empecé a enfadar, me puse con un juego muy parecido a los Sims, donde todos nuestros personajes son personalizables, pero por desgracia los millones de complementos y variaciones se han reducido a menos de una docena. Ahora sólo podemos configurar a nuestros personajes con un pañuelo palestino liado al cuello, o con una gorra de tenista que cubre los pelos de punta. Podemos escoger qué clase de tabaco fuman, pero siempre aderezado con Cannabis, y podemos elegir qué clase de bebida alcohólica tienen siempre en la otra mano, pero no hay más opciones (según el nuevo manual son progres de derechas). Pensé que el ratón de mi ordenador se había estropeado, porque estos personajes siempre andaban tirados por los parques sin hacer nada, sólo fumando, bebiendo y tocando los bongos. En esta versión del juego apenas quedan temas de conversación. Y las barras con los niveles de esfuerzo, responsabilidad y motivación, no hacen más que descender. Por lo menos la anterior versión de juego era más entretenida, pues tenía un módulo de manifestaciones, que lo hacía bastante emocionante, teníamos más de 5.000 posibilidades y motivos para manifestarnos y cuando al final de todo llegábamos a la fase de tirar cócteles molotov y/o piedras a las sedes de los partidos contrarios, era una verdadera prueba de puntería y habilidad con el ratón.

Cuando ya me imaginé una versión del juego Act Of War, donde teníamos como escenarios Cataluña, el País Vasco, o Ceuta y Melilla, me dije, menos mal, que los videojuegos aun nos sirven para evadirnos de la realidad. Y volví al trabajo y dejé de pensar cosas absurdas.

Publicado en Libertad Digital.